Pedro Sánchez, ese Houdini de la Moncloa, cumple siete años en el poder y ya no huele a rosas, sino a cloaca de alcantarilla vieja. La corrupción, que él prometió erradicar como quien promete dejar de fumar en Nochevieja, ha trepado por los cortinajes de su gobierno hasta dejar manchas indelebles en la moqueta del poder.
El Presidente y su Corte de los Milagros
Sánchez llegó a la presidencia cabalgando la ola de la decencia, surfista de la moralidad ajena, tras una moción de censura que olía a desinfectante tras la podredumbre Gürtel. Pero el tiempo ha hecho su trabajo: la Moncloa, hoy, es un bazar de escándalos judiciales y familiares imputados, un aquelarre de causas abiertas donde la ética se vende al peso y la decencia se subasta al mejor postor11116.
El caso Koldo, esa tragicomedia de mascarillas, comisiones y ministros caídos en desgracia, ha sido solo el aperitivo. José Luis Ábalos, antaño mano derecha y ahora apestado, desfila por los pasillos de los juzgados bajo la sombra de delitos de tráfico de influencias, organización criminal, cohecho y malversación. La UCO recoge pruebas como quien recoge colillas tras una fiesta de madrugada, y la lista de implicados crece como la humedad en los sótanos del PSOE11610.
Familia, esa Institución Sagrada
Pero la corrupción, como el buen perfume, se extiende y se impregna. La esposa de Sánchez, Begoña Gómez, es investigada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida e intrusismo profesional. No es una serie de Netflix, es el BOE en modo thriller. La cátedra concedida en la Complutense, los contratos a empresarios amigos, el software de 150.000 euros regalado por multinacionales: todo bajo la lupa, todo con el hedor de lo turbio23101116.
El hermano, David Sánchez (o David Azagra, según el día), también desfila por la pasarela judicial por presuntas irregularidades en su contratación en la Diputación de Badajoz. La familia, en este gobierno, no es que ayude: es que factura11011.
El Gobierno Frankenstein y el Arte del Trapicheo
El gobierno de Sánchez es la versión política del monstruo de Frankenstein: un collage de apoyos variopintos, pactos contradictorios y promesas que se deshacen al contacto con la realidad. La corrupción no solo erosiona la confianza ciudadana, sino que convierte la gobernanza en un juego de trileros: hoy te prometo esto, mañana te lo quito, pasado te lo vendo a plazos45612.
La debilidad parlamentaria es ya crónica. Sánchez sobrevive porque sus socios, esos partidos pequeños que chupan la sangre del Estado como garrapatas, prefieren un gobierno débil al que puedan extorsionar por migajas de poder y transferencias12. El Congreso, convertido en mercado persa, es testigo de una legislatura que no avanza porque cada escándalo es un peaje, cada imputación, una moneda de cambio.
El Relato Fundacional Hecho Trizas
Sánchez, que construyó su relato sobre la lucha contra la corrupción, ve cómo la realidad le desmantela el decorado. El caso Koldo, en particular, dinamita el mito de la regeneración: el gobierno que venía a limpiar termina oliendo peor que el anterior1912. El PSOE, en vez de actuar con transparencia, opta por la negación y el victimismo, lo que solo multiplica la desconfianza y la sensación de que la corrupción es ya endémica, como la humedad en los portales viejos de Madrid6.
Consecuencias: Un Gobierno en Estado de Putrefacción
La gobernanza de Sánchez es hoy un ejercicio de funambulismo sobre el abismo. La corrupción ha paralizado la agenda legislativa, ha hundido la credibilidad institucional y ha ahuyentado la inversión extranjera. El país, anestesiado por el gasto público y el relato de la resistencia, se desliza hacia la desafección y la apatía política45619.
En cualquier país europeo, la dimisión sería un acto reflejo; aquí, la resistencia es la consigna y la decadencia, el paisaje. Sánchez, el presidente que prometía ejemplaridad, pasará a la historia como el maestro de ceremonias de una corte de los milagros donde la corrupción se reparte como confeti en carnaval121317.
Epílogo: La Moncloa, Última Estación
Pedro Sánchez, ese presidente que quiso ser decente, ha acabado siendo el protagonista de una novela negra sin final feliz. La Moncloa es hoy la última estación de un tren que descarrila entre sumarios judiciales, familiares imputados y ministros caídos. El hedor es insoportable, pero el presidente sigue, como buen funámbulo, cruzando el alambre sobre el vacío, mientras abajo, la ciudadanía asiste, entre el hastío y la rabia, a la descomposición de una era.
La rosa y el látigo, decía Umbral. Aquí solo queda el látigo, y ni siquiera es de cuero fino: es de corrupción y de mentira, de esa que no se quita ni con aguarrás.
“Jamás una trama de corrupción había llegado tan lejos y había estado tan cerca de Moncloa”12.
“La corrupción erosiona la confianza de los ciudadanos en la política y genera, en primer lugar, desafección y, como consecuencia de ésta, una caída de la participación política”19.