Carta nocturna desde el Supremo: el PS-¿OE? y la sombra líquida del metálico

Se sabe que en España todo es un poco teatro, un poco novela y mucho sainete de sombrero hondo. Hoy, el Supremo ha decidido llamar al escenario al exagérent del PSOE, ese partido que bien podría llamarse PS-¿OE?, porque de transparente poco y de oscuridad mucho. La causa: unos pagos en metálico que huelen a madera antigua, a pacto tramado a la luz de una vela y billetes arrugados por las prisas y la codicia.

Leopoldo Puente, el magistrado estudiante de relojes de arena y pulseras de acero, pone en fila a los personajes de este vodevil presupuestario. Cada uno, con su cara de oveja descarriada, comparecerá para justificar cómo la posible financiación irregular fue, por arte de magia inversa, un acto de caridad política.

Ábalos, el eterno barón de los botines, ese hombre que lleva impresa en la mirada la sombra de mil sobres, se ve ahora en la tesitura de explicar lo que se explica solo con abrir un cajón oscuro y contar fajos. Porque en la piel del político hay un mapa de carreteras que conduce inevitablemente a donde el dinero se vuelve diálogo y el silencio cuenta más que las palabras.

El Debate destapa con esa crueldad necesaria los secretos que otros querían enterrar en cámaras ocultas o quemar en chimeneas de despacho. Pero la izquierda, la de todas las izquierdas, esa que presume de pulcro discurso mientras maneja un imperio de sombras, responde con la destreza de un actor ensayado: «Esto es un montaje, una campaña sucia, la típica maniobra del enemigo». Y España lo mira con esa mezcla de hastío y fastidio tan propia, la resignación más madrileña que castellana, mientras la corrupción sigue siendo carne de cañón en esta tragicomedia sin final.

Un país con alma enterrada bajo sobres. Un Supremo que ya parece una suerte de confesionario universal. Y una política que se balancea entre la vergüenza y la sonrisa amarga, donde no importa el qué sino el cómo disfrazarlo.

Al fin y al cabo, aquí ninguno somos inocentes, solo actores que repiten el guion escrito por el español de ayer, hoy y siempre: el de la corrupción hecha arte y el silencioso pago en metálico, ese beso de Judas del erario público.

«David Sánchez y la Diputación: la fuga fiscal con la connivencia del poder»

La Diputación de Badajoz, ese teatro de tramoyas donde se representan los favores a la familia y la picaresca se disfraza de gestión pública, ha quedado retratada por un papel que, como allanar una vieja herida, deja al descubierto sus vergüenzas. Un documento, fresco y terrible, demuestra que sabían bien que David Sánchez, hermano del presidente, se largó a Portugal con el único propósito de brincar impuestos y engordar su bolsillo a costa del contribuyente español.

Y aquí, en este vodevil del disimulo y la omisión cómplice, nadie hizo nada. Nadie se molestó en poner freno a ese atraco con sonrisa taimada, esa fuga fiscal cubierta por la manta del silencio institucional. La Diputación hace malabares con la negación en voz alta, pero el papel es tozudo y no perdona: el traslado de residencia fiscal de David a tierras lusas constaba en sus expedientes, con fecha y sello, a pesar de que meses antes todo el teatro negaba cualquier conocimiento.

Este personaje, ad hoc creado para el cargo con la pluma de la que aún se impregna el nepotismo, parece salido de un sainete donde la frontera entre legalidad e impunidad se desdibuja. La Diputación, en lugar de investigar o denunciar, se limitó a ser cómplice silenciosa, permitiendo que el hermano del presidente jugara a ser fronterizo mientras su sueldo público le llovía sin mordeduras fiscales en el bolsillo.

Portugal, paraíso fiscal disfrazado de paraíso natural, le abrió sus brazos con un régimen especial que reduce impuestos hasta dejarlo casi intacto, mientras en España, el contribuyente molesto paga y se rasca la cabeza. Y la Diputación, máxima responsable de su contratación, miró hacia otro lado, con la cara de cemento armado que sólo la política sabe construir cuando escasea la vergüenza.

Este documento expone la podredumbre en carne viva, el desdén de la administración hacia el imperio de la ley y la justicia, el descaro hecho política pública. No es solo eludir impuestos, es la burla en mayúsculas a todos los que sostienen con su esfuerzo y sacrificio una nación donde el parentesco vale tanto como la incompetencia.

Así están las cosas en Badajoz y en Madrid, con la familia al mando, cobijada por las sombras de la indiferencia institucional, mientras el fraude y la complicidad se escriben a tinta invisible en actas y decretos. El escándalo huele a pólvora y a traición, pero quienes lo protagonizan siguen caminando, impunes, sobre el tapiz gastado de la vieja política española.

«Begoña Gómez: La sombra que se cuela en Moncloa y huele a corrupción»

La UCO y el perito de la Fiscalía europea apuntalan los indicios de corrupción en las actividades de Begoña Gómez en Moncloa

Por fin, el lunes, el telón se levanta con la insistencia mortecina y siniestra de un látigo viejo. Los informes no son ya meras sospechas, chismes de corrillo político o enredos de barra de café. La Unidad Central Operativa, esos inspectores de la penumbra que huelen el pecado con el olfato de lobos hambrientos, y el perito implacable de la Fiscalía europea, han puesto los puntos sobre las íes: corrupción, tráfico de influencias, y malversación. Como si la sombra de un candelabro barroco se proyectase sobre el despacho dorado de Moncloa, la esposa del presidente no solo figura, sino que se ancla con mano sucia en los manejos turbios del poder.

No eran «favores puntuales», sentencia ahora la verdad fría y escrita en informes, la asesora fiel, custodio de una cátedra monclovita, no hizo otra cosa que administrar con meticulosidad y sistemática generosidad lo que parecía un reino paralelo, ese espacio donde el dinero público se remueve sin orden ni ley, al servicio de negocios privados que hicieron ignominiosa simbiosis con la casa del Gobierno.

Begoña Gómez, no un simple nombre, sino un símbolo roto que resuena en los pasillos del juzgado y en las urnas del desencanto, aparece en las páginas judiciales como la princesa caída que administra tramas disfrazadas de cotidianeidad política. Pero el lirismo aquí se torna hierro; no hay nostalgia en esta crónica, sino el filo de la acusación que lacera las fachadas, que pone al descubierto la carcoma que carcome.

Las investigaciones no solo apuntan a un ejercicio de poder ciego y corrosivo, sino al sistema que ha querido hacerse invisible, la maraña burocrática y barroca que se esconde tras el susurro amable de la asistencia a una cátedra o la gestión «protocolaria» de algo tan humano como un empleo público. Es la maldad elegante, el traje a medida de la impunidad.

De esta novela negra en directo se escriben hoy los capítulos más densos del escándalo político en España, y los ojos del país, ese público invisibilizado y tremendamente consciente, observan con la mezcla amarga de quien espera justicia y la decepción inevitable de lo cíclico.

Así es la crónica de hoy: un grito en la noche que denuncia lo que algunos prefieren callar, la monarquía invisible del dinero público en manos privadas y la sombra que se extiende sobre Moncloa.

La verdad oculta tras la defensa inquebrantable de Pedro Sánchez a Santos Cerdán

La imagen pública de unidad y respaldo férreo entre Pedro Sánchez y Santos Cerdán se ha resquebrajado en los últimos días, dejando al descubierto una verdad incómoda: la defensa inquebrantable del presidente del Gobierno al número tres del PSOE es, en realidad, una construcción más frágil y calculada de lo que se quiere admitir.

En el Congreso de los Diputados, ante la presión directa de Alberto Núñez Feijóo, Pedro Sánchez evitó de manera deliberada cualquier gesto de apoyo explícito a Santos Cerdán. Ni una palabra, ni una mirada de complicidad. Al contrario, el gesto despectivo y la frialdad de Sánchez hacia Cerdán, ignorándolo incluso en público, han sido interpretados como un claro mensaje interno: el presidente no está dispuesto a poner la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por quien ha sido su escudero más leal en la organización del partido.

La estrategia del silencio se ha impuesto en Moncloa. Lejos de la narrativa de respaldo sin fisuras, Sánchez ha decidido no caer en la “trampa” de la oposición, que busca forzarle a defender públicamente a Cerdán justo cuando las investigaciones de la Guardia Civil y las grabaciones filtradas por la UCO salpican de lleno al secretario de Organización socialista. El cálculo es claro: cualquier apoyo explícito podría interpretarse como una señal de debilidad o, peor aún, como una confirmación de las sospechas que sobrevuelan el entorno del PSOE.

El propio partido, siguiendo la consigna presidencial, ha cerrado filas en torno a Cerdán con comunicados y mensajes de respaldo, pero siempre subrayando que no existe ninguna acusación formal contra él y que cualquier defensa pública podría ser contraproducente. El PSOE insiste en que todo es una “cacería política” y que las investigaciones previas en Navarra no han hallado irregularidades, pero la realidad es que el escándalo ha dejado a Cerdán en una posición de extrema vulnerabilidad, con el partido y el Gobierno aferrándose a una defensa cada vez menos creíble.

La frialdad entre Sánchez y Cerdán, visible ya hasta para las cámaras del Congreso, es el síntoma más evidente de que la supuesta defensa inquebrantable es, en el fondo, una maniobra de supervivencia política. Sánchez sabe que no puede permitirse otra caída en su núcleo de poder tras el caso Ábalos, pero tampoco está dispuesto a arriesgar su propio futuro por nadie. La verdad oculta es que, tras la fachada de unidad, solo queda el instinto de preservación de un presidente cada vez más solo y un partido que se defiende a la desesperada de su propio naufragio.

Jueces y fiscales: el último baluarte, o la tentación del poder maleable

Hay días en que la toga pesa más que el abrigo de invierno. Hoy, en las puertas de los juzgados, los jueces y fiscales se han quitado el polvo del silencio y han salido a la calle, no para pedir aumento de sueldo ni para exigir aire acondicionado, sino para recordarnos que la democracia, esa palabra tan manoseada, se sostiene sobre tres patas y no sobre una sola, por muy presidencial que sea la silla del Consejo de Ministros.

Porque lo que está en juego no es una simple reforma administrativa, sino el alma misma del Estado de derecho. El Gobierno de Pedro Sánchez, de la mano de Bolaños, ha decidido que la Justicia debe ser más moderna, más europea, más rápida, más… maleable. Y aquí está el quid, la palabra que hace saltar las alarmas de los que aún creen que el poder debe ser vigilado y no aplaudido desde la grada de los afines.

El paro de jueces y fiscales —histórico, dicen los cronistas, y no les falta razón— no es una huelga de celo ni un berrinche corporativo. Es un grito, un toque de atención, una sirena que ulula en la niebla del descrédito institucional. Denuncian que las reformas impulsadas por el Ministerio de Justicia suponen una amenaza para la independencia judicial, que rebajan la excelencia en el acceso a la carrera y que abren la puerta a la selección ideológica de quienes habrán de juzgar a los poderosos y a los humildes.

No es casual que las asociaciones mayoritarias se hayan unido, dejando de lado las etiquetas políticas. Lo que temen no es una reforma, sino una transformación: que el Poder Judicial deje de ser Poder para convertirse en poder, con minúscula, domesticado, susceptible de ser doblado al calor de la coyuntura política. Que el Fiscal General del Estado, designado directamente por el Gobierno sin filtros ni contrapesos, se convierta en un apéndice del Ejecutivo y no en el guardián imparcial de la legalidad.

El manifiesto leído a las puertas de los tribunales es claro: “La existencia de un poder judicial fuerte e independiente no es un derecho de los jueces, sino una garantía para toda la ciudadanía”. Porque cuando la Justicia se convierte en correa de transmisión del Gobierno de turno, lo que peligra no es el privilegio de los magistrados, sino la libertad de todos.

No es la primera vez que escuchamos la expresión “democracias iliberales”. Hungría, Polonia… países donde el Ejecutivo ha ido minando, poco a poco, la independencia judicial hasta convertir los tribunales en oficinas de registro del poder político. Es esa senda la que temen los jueces y fiscales españoles, la que denuncian en un ambiente de “continuo ataque al poder judicial y de descrédito de la Fiscalía”, con declaraciones políticas que deslegitiman las resoluciones judiciales que molestan y convierten al Ministerio Fiscal en un instrumento más del Gobierno.

El Gobierno, por su parte, asegura que todo es por el bien de la modernización, que hay que europeizar la Justicia, que los cambios son necesarios y que el recelo es humano, pero injustificado. Bolaños promete más plazas, más medios, más futuro. Pero los jueces y fiscales no piden más plazas, sino más garantías. No quieren ser más, sino ser libres.

La amenaza de huelga está sobre la mesa. La protesta de hoy es solo un primer aviso. Porque cuando la toga se convierte en pancarta, es que la democracia está en peligro. Y no lo digo yo, lo dicen los que, desde la sombra de los tribunales, vigilan que el poder no se convierta en dueño y señor de la ley.

“La justicia no se merece el inmovilismo, sino una reforma valiente”, dice el ministro. Pero la valentía, en democracia, no consiste en domesticar al juez, sino en respetar su independencia. Lo demás es ruido, y el ruido, ya se sabe, es el preludio del silencio.

Hoy los jueces y fiscales han hablado. Escuchémoslos antes de que sea tarde. Porque, como decía el maestro, la libertad no se mendiga, se defiende. Y la Justicia, aunque lenta, aún tiene voz.

La corrupción como agente disolvente: efectos sociales y políticos del clima actual

La corrupción en España no es un fenómeno aislado, sino un cáncer sistémico que corroe las bases de la democracia, disuelve la confianza ciudadana y alimenta un círculo vicioso de desafección política. Su impacto trasciende lo jurídico para convertirse en un problema cultural, económico y existencial para las instituciones.


Efectos sociales: el cinismo como norma

La corrupción ha normalizado la idea de que el poder se ejerce para beneficio privado. Según el Eurobarómetro 2024, el 89% de los españoles considera que la corrupción está generalizada, y el 46% afirma que afecta su vida diaria 47. Este cinismo se traduce en:

  • Desigualdad estructural: El 63% de los ciudadanos cree que el acceso a servicios públicos depende de «contactos» 1.
  • Pérdida de cohesión social: La corrupción genera una «trampa social» donde el fraude se percibe como estrategia de supervivencia, no como delito 1.
  • Apatía participativa: Solo el 32% confía en el Parlamento, y la abstención electoral ronda el 34% en elecciones generales 212.

Efectos políticos: democracia en terapia intensiva

  1. Deslegitimación institucional:
    • España ocupa el puesto 46 en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, su peor posición en tres décadas 4.
    • El 72% de los ciudadanos considera que los partidos «sirven a intereses privados» 2.
  2. Parálisis legislativa:
    • El Gobierno incumple 87 directivas anticorrupción de la UE, 30 de ellas fuera de plazo 512.
    • La reforma del CGPJ está estancada desde 2018, y el GRECO denuncia la «politización brutal» de la Fiscalía 12.
  3. Ascenso del populismo:
    • La desconfianza en las élites explica el 40% del apoyo a opciones antisistema, según el CIS 2.

Panorama partidista: todos en el banquillo

La corrupción no es patrimonio de un solo partido, sino una plaga transversal. Estos son los datos clave (2000-2025):

PartidoCasos registradosPorcentajeEjemplos emblemáticos
PP1.51640.5%Gürtel, Púnica, Lezo, Máster de Cifuentes
PSOE1.43338.3%ERE, Koldo, Begoña Gómez, hermano de Sánchez
Podemos491.3%Financiación irregular, caso Dina
Ciudadanos270.7%Caso Rivera, presuntas facturas falsas
ERC/Junts1123.0%Caso 3%, Palau, ITV de Cataluña
PNV681.8%Caso De Miguel, financiación ilegal
Otros53814.4%Casos en CC.AA. (Marea, Chaves, etc.)

Fuente: Base de datos Casos-Aislados (2025) 710

Análisis por fuerzas políticas

  • PP y PSOE: Acaparan el 78.8% de los casos. Mientras el PP acumula escándalos de financiación ilegal (Gürtel), el PSOE enfrenta causas recientes como el caso Koldo (sobornos por mascarillas COVID) y las imputaciones a la familia Sánchez 810.
  • Podemos: Aunque su porcentaje es bajo, casos como el de Dina Bousselham (contratos irregulares) han dañado su relato de «nueva política» 69.
  • Nacionalismos periféricos: ERC y Junts arrastran casos históricos como el 3% (comisiones ilegales en obras públicas), mientras el PNV enfrenta acusaciones de clientelismo en contratos vascos 911.
  • Partidos emergentes: Vox, pese a su retórica anticorrupción, ha sido vinculado a irregularidades en la gestión de fondos europeos en Castilla y León 12.

Consecuencias económicas: el coste oculto

  • Pérdida de inversión: La corrupción reduce el PIB español en un 1.5% anual (≈18.000 millones €) 1.
  • Gasto público ineficiente: El 23% de los contratos menores presenta irregularidades, según la AIReF 5.
  • Desvío de fondos: Solo en el caso Koldo, se desviaron 53 millones de euros de contratos COVID 8.

El círculo vicioso: corrupción → desafección → más corrupción

  1. Fase 1: Los escándalos generan indignación ciudadana (ej.: 15M).
  2. Fase 2: Los partidos responden con leyes cosméticas (Ley Transparencia 2013) pero sin aplicar sanciones reales 9.
  3. Fase 3: La impunidad alimenta nuevos casos, y la ciudadanía opta por la resignación o el voto protesta 212.

Este ciclo explica por qué, pese a 5.654 imputados desde 2000, solo el 12% ha recibido condena firme 7.


Conclusión: ¿hay solución?

La corrupción en España requiere un cambio de paradigma:

  1. Reforma judicial integral: Separación real de poderes, fiscalías independientes y juzgados especializados.
  2. Ley de Oficialidad: Prohibir la reelección de cargos imputados.
  3. Educación cívica: Incluir ética pública en planes de estudio.
  4. Medios fuertes: Proteger a periodistas investigadores (España es el país de la UE con más demandas SLAPP contra prensa) 4.

Mientras los partidos sigan viendo la corrupción como un «daño colateral» y no como una amenaza existencial, el agente disolvente seguirá carcomiendo los cimientos de la democracia. Como escribió Umbral: «En España, la moral es un lujo; la corrupción, un deporte nacional.

Pedro Sánchez: Crónica de una Decadencia en la Era del Hediondo

Pedro Sánchez, ese Houdini de la Moncloa, cumple siete años en el poder y ya no huele a rosas, sino a cloaca de alcantarilla vieja. La corrupción, que él prometió erradicar como quien promete dejar de fumar en Nochevieja, ha trepado por los cortinajes de su gobierno hasta dejar manchas indelebles en la moqueta del poder.

El Presidente y su Corte de los Milagros

Sánchez llegó a la presidencia cabalgando la ola de la decencia, surfista de la moralidad ajena, tras una moción de censura que olía a desinfectante tras la podredumbre Gürtel. Pero el tiempo ha hecho su trabajo: la Moncloa, hoy, es un bazar de escándalos judiciales y familiares imputados, un aquelarre de causas abiertas donde la ética se vende al peso y la decencia se subasta al mejor postor11116.

El caso Koldo, esa tragicomedia de mascarillas, comisiones y ministros caídos en desgracia, ha sido solo el aperitivo. José Luis Ábalos, antaño mano derecha y ahora apestado, desfila por los pasillos de los juzgados bajo la sombra de delitos de tráfico de influencias, organización criminal, cohecho y malversación. La UCO recoge pruebas como quien recoge colillas tras una fiesta de madrugada, y la lista de implicados crece como la humedad en los sótanos del PSOE11610.

Familia, esa Institución Sagrada

Pero la corrupción, como el buen perfume, se extiende y se impregna. La esposa de Sánchez, Begoña Gómez, es investigada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida e intrusismo profesional. No es una serie de Netflix, es el BOE en modo thriller. La cátedra concedida en la Complutense, los contratos a empresarios amigos, el software de 150.000 euros regalado por multinacionales: todo bajo la lupa, todo con el hedor de lo turbio23101116.

El hermano, David Sánchez (o David Azagra, según el día), también desfila por la pasarela judicial por presuntas irregularidades en su contratación en la Diputación de Badajoz. La familia, en este gobierno, no es que ayude: es que factura11011.

El Gobierno Frankenstein y el Arte del Trapicheo

El gobierno de Sánchez es la versión política del monstruo de Frankenstein: un collage de apoyos variopintos, pactos contradictorios y promesas que se deshacen al contacto con la realidad. La corrupción no solo erosiona la confianza ciudadana, sino que convierte la gobernanza en un juego de trileros: hoy te prometo esto, mañana te lo quito, pasado te lo vendo a plazos45612.

La debilidad parlamentaria es ya crónica. Sánchez sobrevive porque sus socios, esos partidos pequeños que chupan la sangre del Estado como garrapatas, prefieren un gobierno débil al que puedan extorsionar por migajas de poder y transferencias12. El Congreso, convertido en mercado persa, es testigo de una legislatura que no avanza porque cada escándalo es un peaje, cada imputación, una moneda de cambio.

El Relato Fundacional Hecho Trizas

Sánchez, que construyó su relato sobre la lucha contra la corrupción, ve cómo la realidad le desmantela el decorado. El caso Koldo, en particular, dinamita el mito de la regeneración: el gobierno que venía a limpiar termina oliendo peor que el anterior1912. El PSOE, en vez de actuar con transparencia, opta por la negación y el victimismo, lo que solo multiplica la desconfianza y la sensación de que la corrupción es ya endémica, como la humedad en los portales viejos de Madrid6.

Consecuencias: Un Gobierno en Estado de Putrefacción

La gobernanza de Sánchez es hoy un ejercicio de funambulismo sobre el abismo. La corrupción ha paralizado la agenda legislativa, ha hundido la credibilidad institucional y ha ahuyentado la inversión extranjera. El país, anestesiado por el gasto público y el relato de la resistencia, se desliza hacia la desafección y la apatía política45619.

En cualquier país europeo, la dimisión sería un acto reflejo; aquí, la resistencia es la consigna y la decadencia, el paisaje. Sánchez, el presidente que prometía ejemplaridad, pasará a la historia como el maestro de ceremonias de una corte de los milagros donde la corrupción se reparte como confeti en carnaval121317.

Epílogo: La Moncloa, Última Estación

Pedro Sánchez, ese presidente que quiso ser decente, ha acabado siendo el protagonista de una novela negra sin final feliz. La Moncloa es hoy la última estación de un tren que descarrila entre sumarios judiciales, familiares imputados y ministros caídos. El hedor es insoportable, pero el presidente sigue, como buen funámbulo, cruzando el alambre sobre el vacío, mientras abajo, la ciudadanía asiste, entre el hastío y la rabia, a la descomposición de una era.

La rosa y el látigo, decía Umbral. Aquí solo queda el látigo, y ni siquiera es de cuero fino: es de corrupción y de mentira, de esa que no se quita ni con aguarrás.


“Jamás una trama de corrupción había llegado tan lejos y había estado tan cerca de Moncloa”12.

“La corrupción erosiona la confianza de los ciudadanos en la política y genera, en primer lugar, desafección y, como consecuencia de ésta, una caída de la participación política”19.

Qué buena panadera perdió Abenójar: Isabel Rodríguez y el milagro del ladrillo

Hay oficios que ennoblecen y otros que, sencillamente, se le escapan a uno por un giro del destino. Abenójar, ese enclave manchego donde el pan aún sabe a pan y no a promesa electoral, perdió sin saberlo a la que podría haber sido su mejor panadera: Isabel Rodríguez García. En vez de amasar hogazas, nuestra ministra de Vivienda se ha dedicado a amasar titulares y, sobre todo, a hornear políticas que, lejos de alimentar a los hambrientos de vivienda, los dejan con más hambre que nunca.

La biografía de Isabel Rodríguez es un catálogo de cargos públicos tan extenso como la lista de espera para un piso de protección oficial. Senadora precoz, diputada reincidente, alcaldesa de Puertollano y, finalmente, ministra de Vivienda y Agenda Urbana. Un currículum que, más que impresionar, abruma, porque uno se pregunta si en alguno de esos escalones aprendió algo útil para resolver el drama de la vivienda. O si, simplemente, fue perfeccionando el arte de la retórica vacía, ese noble deporte nacional que consiste en decir mucho y hacer poco.

El capítulo más jugoso de la saga familiar lo protagoniza su marido, Iván Molinero Camacho. De panadero y reponedor de supermercado en Puertollano a directivo en Solaria, una empresa del Ibex 35, el salto fue olímpico: apenas un mes y medio después de que Isabel aterrizara en el Consejo de Ministros, él fichaba como responsable del departamento de seguridad laboral de la energética. Un ascenso tan fulgurante como sospechoso, sobre todo cuando el Gobierno tramitó poco después una ayuda pública de 1.625 millones de euros para la misma empresa. De amasar pan a amasar oportunidades, Iván Molinero es la prueba viviente de que en España, con el contacto adecuado, puedes pasar del horno al parqué bursátil sin despeinarte.

La ministra Rodríguez ha hecho de la regulación del mercado su bandera, blandiendo la Ley de Vivienda como si fuera el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. “El mercado no se regula solo, y si lo hace, es de manera voraz para la ciudadanía”, proclama con la solemnidad de quien ha descubierto el fuego. Mientras, en las calles, los inquilinos dedican el 80% de su salario al alquiler y los jóvenes coleccionan nóminas precarias como cromos de una liga que nunca van a jugar.

Pero la realidad, terca como una masa mal fermentada, se resiste a los encantamientos ministeriales. La ministra se queda sola en el Congreso, defendiendo su gestión ante la indiferencia general y las críticas de todos los colores, desde la derecha que añora el ladrillazo sin complejos hasta la izquierda que le reprocha su “nefasta gestión” y su connivencia con los rentistas. Los sindicatos de inquilinos piden su dimisión, acusándola de no escuchar el clamor de la calle y de bailar al son de la patronal inmobiliaria. Si esto es sensibilidad social, que baje Keynes y lo vea.

La última hornada de medidas “mesuradas y contundentes” —así las llama la ministra, con ese arte para el oxímoron tan propio de nuestra clase política— promete gravar la vivienda vacía, penalizar a las socimis y poner trabas a los compradores extranjeros. Pero, como siempre, la dificultad parlamentaria es la excusa perfecta para que el pan nunca llegue al horno. Al final, la vivienda sigue siendo un derecho en la Constitución y un privilegio en la vida real.

Quizá en otra vida, Isabel Rodríguez habría sido la gloria de Abenójar, repartiendo hogazas y sonrisas, en vez de titulares y excusas. Pero el destino, siempre caprichoso, la puso a hornear políticas de vivienda, y el resultado ha sido un pan tan duro que ni los ratones del Congreso se atreven a roerlo. Qué buena panadera perdió su pueblo, y qué mala ministra ha ganado el nuestro.

Porque, al final, la política de vivienda de Isabel Rodríguez es como el pan sin sal: insípida, incompleta y, sobre todo, imposible de tragar para quienes de verdad la necesitan.

España, Disneylandia de los aforados: pase VIP para 250.000 mientras Europa mira y se ríe

España, ese país de charanga y pandereta, donde la paella es religión y el aforamiento, dogma de fe. Aquí no se salva nadie del blindaje: políticos, jueces, fiscales, policías, la Familia Real (menos el Rey, que es directamente inviolable, como los dioses antiguos), y hasta el portero del Congreso si se descuida. En total, cerca de 250.000 aforados, récord mundial, medalla de oro en la olimpiada de la impunidad751. Francia, con sus 19 aforados, e Italia, con uno, parecen países de aficionados, aprendices de la protección institucional. En Alemania y Reino Unido ni saben lo que es eso: allí, si la lías, te juzga el mismo juez que al fontanero782.

Aquí, en cambio, el aforamiento es la versión patria del “sálvese quien pueda”, pero con toga y coche oficial. La Constitución del 78, tan citada y tan manoseada, ideó el aforamiento para proteger a los cargos públicos de venganzas políticas y denuncias de chichinabo. Pero, como todo en España, empezó siendo una excepción y acabó en barra libre: primero los ministros, luego los diputados, después los jueces, los fiscales, los presidentes autonómicos, los consejeros, los policías, los guardias civiles, los agentes forestales y, si nos descuidamos, hasta el bedel del Ayuntamiento152.

La cosa es tan grotesca que para juzgar a un diputado hace falta pedir permiso al Parlamento, como si la Justicia fuera una tómbola y la ley, un capricho de la mayoría de turno2. Así se entiende que los grandes partidos —esos clubes selectos de la sospecha— nunca hayan querido meter mano a este lodazal: ¿quién va a renunciar a su chaleco antibalas judicial? Ni el GRECO, ni Europa, ni la opinión pública han conseguido que el aforamiento español pase de moda7.

Mientras tanto, en otros países, el aforamiento es una rareza, una reliquia casi exótica. En Francia, solo el presidente y sus ministros pueden mirar a la Justicia desde el palco; en Italia, uno solo, el presidente de la República, y gracias74. Aquí, medio país tiene pase VIP para los tribunales superiores, y el otro medio mira desde la grada, preguntándose si algún día la ley será igual para todos o solo para los que no salen en la foto de familia del Congreso.

El aforamiento español huele a cerrado, a privilegio rancio, a democracia de saldo. Es la coartada perfecta para la impunidad, el salvoconducto para el trinque y el blindaje para el mangazo. En España, el aforamiento no es una figura jurídica: es una forma de vida, una seña de identidad, el último refugio de la casta que nunca se fue. Y así nos va: campeones de Europa, en aforados y en desconfianza. Aquí, el que no corre, vuela… pero siempre, eso sí, con toga y escolta.

Sanchismo en la UCI: Illa y Page se prueban la corona en la trastienda de Ferraz

En el PSOE, la sucesión no es un proceso, es una liturgia. Una misa laica donde los feligreses, en vez de rezar, cuchichean en los pasillos, y el incienso es el rumor, ese humo espeso que lo envuelve todo y no deja ver quién será el próximo que se siente en el altar mayor de Ferraz. Ahora, mientras el sanchismo se tambalea como un taburete cojo en la tasca de la política, asoman dos figuras en el horizonte: Illa, el catalán, y Page, el manchego. Dos caminos, dos estilos, dos maneras de entender el socialismo y la España que queda después del vendaval sanchista.

Pedro Sánchez, que llegó prometiendo una nueva política, ha terminado por convertirse en el viejo político: rodeado de escándalos, con la familia en los juzgados y el partido en vilo, como un equilibrista que ya no mira la cuerda sino el suelo. El sanchismo, ese invento de laboratorio, se nos ha ido quedando sin reactivos. Y mientras tanto, en el laboratorio, algunos ya están rotulando los tubos de ensayo con otros nombres, por si acaso la mezcla explota.

Illa representa el continuismo, la España de la geometría variable y el pacto con quien sea menester. Es el hombre tranquilo, el farmacéutico de la pandemia, el que nunca levanta la voz ni baja la guardia. A su alrededor, los sanchistas de guardia ya han empezado a mover fichas, a colocar su nombre en la parrilla de salida, como esos corredores que calientan en la banda, aunque el partido aún no ha terminado. Illa es el PSOE que no quiere sustos, el que prefiere el bostezo a la bronca, el que aspira a que no pase nada para que no se note que ha pasado todo.

Page, en cambio, es la nostalgia de lo que fue y no volverá. El barón manchego, el último mohicano del socialismo constitucional, el que habla de España sin pedir perdón y de la Constitución sin ponerle apellidos. Page es la resistencia, la voz de los que creen que el PSOE se perdió en alguna rotonda entre Toledo y Barcelona, y que hace falta volver al kilómetro cero. Es el PSOE de Felipe, de Alfonso, de la rosa, sin espinas ni banderas ajenas.

El partido, mientras tanto, juega a la política cosmética, a marcarse el punto, a adelantar leyes y debates para que parezca que hay plan, aunque el plan sea sobrevivir un día más. La sucesión asoma, sí, pero nadie quiere decirlo en voz alta, no vaya a ser que el presidente escuche y se enfade. Porque en el PSOE, como en las familias antiguas, el heredero nunca se proclama: se insinúa, se deja ver, se filtra en los mentideros y se prueba el traje en la sastrería, por si acaso.

Los cimientos del sanchismo crujen, y el partido se pregunta si toca seguir con la anestesia de Illa o el bisturí de Page. El futuro es una incógnita, pero la sucesión ya está aquí, como el olor a café en la mañana de los congresos. Y mientras tanto, la historia sigue su curso, implacable, esperando a ver quién será el próximo en escribir el epitafio del sanchismo. Porque en el PSOE, como en la literatura, el mejor narrador es siempre el que sobrevive para contarla.